lunes, 7 de septiembre de 2009

Con lo que duele…


El otro día pensaba que si en los tanatorios y funerarias de Madrid tuvieran ofertas de grupo, se habrían arruinado con mi familia en los últimos tiempos. Y es que a nosotros siempre nos ha ido eso del humor negro.

Solemos disfrutar de buen humor, de risas, incluso de carcajadas, en los lugares más inverosímiles. Supongo que es una reacción al dolor y al pasmo, al susto y a la muerte. Porque llorar de la risa en la recepción del tanatorio de la M-30 no es muy normal, no.

Lo que pasa es que todo cansa y aburre, y algunas cosas no tienen gracia.

Mi bisabuela se muere. Algunos pensarán que es una circunstancia de lo más normal. 98 años son muchos años, y el cuerpo aguanta lo que aguanta y ni un minuto más. Afortunadamente, está inconsciente y ajena a la angustia y el sufrimiento de los últimos momentos. Cada vez respira más despacio, y se va apagando como un fuego que ya ha ardido hasta consumir lo último que le quedaba.

Parece un pajarito. Delgadita, pequeña, encogida, ligera. Parece que ya se ha despegado de nosotros y se ha ido a algún otro sitio.

Ya no conoce a nadie. De hecho, hace ya mucho tiempo que perdió la memoria. Tampoco habla. Puede que no recuerde cómo se articulan las palabras. No sé si piensa, aunque me gusta creer que sí, y que se ha refugiado en algún momento feliz del pasado.

Hace años que me despedí. En un pasillo de la residencia donde vive. Nos dejaron solas, y aproveché para cogerla de la mano y decirle que la quería. Me dio las gracias, muy cortés, y luego me preguntó por “la niña”, que qué tal estaba, que qué tal le iba en el colegio. La niña era yo. Entonces comprendí que yo debía de parecer para ella una de esas señoritas amables y sonrientes que cuidaban de ella, que la llevaban a desayunar o a cenar, que la lavaban o la vestían. Pero que en su cabeza su bisnieta era una niña estudiosa, risueña, que vendía flores en su salón a una abuela y una bisabuela de paciencia infinita.

La echo de menos. Hace años que lloré por ella. Por la pérdida de esa mujer valiente, apasionada y fuerte. Por la pérdida del secreto del arroz con leche, de las migas, de las gachas, de las croquetas, de las albóndigas con macarrones. Por la pérdida de las interminables partidas de tute con renuncios, por la sonrisa de pillina cada vez que se comía una ficha al parchís. Toda una vida, todo un siglo que se apaga.

Sólo queda desear que vaya rápido, sin angustia y sin miedo, y por supuesto, sin dolor. Ese ya nos lo repartimos entre todos los que la queremos.

2 comentarios:

  1. ¡Muy bonito!, hasta en los momentos peores encuentras las palabras justas (L).

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  2. Angelica te felicito, excelente tu blog, no lo conocía y aquí estoy encantado de encontrarlo. Es bastante ameno y con informaciones de excelente contenido y valor, me gusta como expresas lo que dices y demás detalles del mismo.

    De hoy en adelante seré un fiel seguidor de tu espacio. Con aprecio desde Rep Dominicana.. Oss!!

    kasuro

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