
Estos últimos meses no he parado de sentir vergüenza. Si a veces ha sido propia, las más ha sido ajena:
Por el escándalo-culebrón-OPA de Endesa, las declaraciones de Conthe y la falta de independencia de la CNMV.
Por la falta de elegancia y visión política del partido de la oposición al hacer campaña con un tema tan sensible como el terrorismo.
Por el desatino del partido en el gobierno al elegir candidato a la alcaldía de Madrid.
Por la corrupción y los escándalos inmobiliarios en muchos municipios españoles.
Por las muertas a manos de sus parejas y la falta de medios para proteger a los más débiles.
Por el cierre de la Parroquia de Vallecas, sólo porque los curas se acercan al pueblo y hablan su mismo lenguaje.
Por el cura que sólo dará clases de catequesis si se le presenta el papel certificando la objeción de conciencia a la asignatura de Educación para la ciudadanía de los chavales.
Por la ley de igualdad.
Por los accidentes laborales en la construcción y la falta de medios para evitarlos.
Por los once ingresados por intoxicación por drogas los dos primeros días de apertura de las discotecas ibicencas.
Por todas las cosas que hacen que el nuestro sea un país de pan y toros, de pandereta y tortilla de patatas. Por todo lo que hace que no nos tomemos en serio la política, y que no contemos en el plano internacional. Por todos esos detalles que hacen que no podamos hablar en un plano de igualdad con los demás europeos.
Y en cuanto a la vergüenza propia:
Por no haberme preparado un caso para la clase de CRM del profesor Enrique Dans el día que quería lucirse delante de una invitada. Seguro que puedo decir un montón de cosas en mi defensa, que estoy con lumbago, que no me puedo mover, que estoy muy liada con temas familiares… Pero estoy tan harta de oír excusas de políticos que lo único que se me ocurre es decir lo que me gustaría oír a mí:
Pido disculpas en público. Lo he hecho mal. Muy mal. No volverá a pasar.
¿Tanto les cuesta?









